miércoles, 11 de febrero de 2009

Los adolescentes Lorcas y Albertis

Ahora que estamos muy cerca del Día de los Enamorados (ohhhhhhh…), me viene como anillo al dedo hablaros de amor. De amor y de poesía, que tan unidos están.
Nunca me he considerado un buen poeta. En realidad, no me he considerado ni buen poeta ni mal poeta. Cierto es que hago poesías por encargo a una persona en concreto, pero aún así, no soy un poeta.
Lo que pasa es que cuando somos adolescentes se nos mete en el cuerpo la vena poética como un demonio que no quiere salir. Y nos convertimos al momento en Lorcas o Albertis. Todo por culpa del amor. Por culpa de tus compañeras de clase, a las que ya ves con otros ojos distintos a como las veías en el cole. Y es ahí donde los valientes se tiran al ruedo.
La táctica de la poesía es de las más utilizadas, aunque no te garantiza que la chavala se vaya enamorar locamente de ti (depende de cómo esté el poema escrito y de quién lo haya escrito). Sin embargo, también hay excepciones. Os cuento mis raras experiencias con esta popular táctica.
Mi primera poesía adolescente dedicada a una niña a la que quería con toda mi alma fue un éxito. A la chica, cuando la leyó, le encantó, ¡le maravilló! Lo mejor que le habían escrito en su vida. Yo no podía ocultar mi alegría, el pensar que aquello era el principio de una bella amistad que acabaría en… nada. Sí, el poema fue un éxito, pero nuestra relación se fue a tomar viento enseguida. Ni amigos, ni leches. Aquello se terminó en todos los aspectos, y no terminó nada bien. Cupido pegó ahí un gatillazo de cojones. Y yo fui el que lo lamentó.
Pero no me rendí. Y al año siguiente lo volví a intentar con otra niña, que también me tenía loco, loquito, loco. Le escribí el poema, se lo di para que lo leyera delante mía (como hice con la primera), y tras leerlo, llegó el bombardeo mortal: el poema es horroroso, pésimo, lamentable, de lo peor que he leído, ¡qué decepción!, y yo que pensaba que escribías mejor…
Me quedé… Así, en blanco, sin palabras con las que defenderme. Sin llegar a tocarme, la chica me había dado una paliza de la que estuve a punto de ir a la enfermería del instituto, para que me curaran mis heridas de amor (ohhhhhh…). Desde luego que iba de mal en peor con la puñetera táctica de los poemas… y lo que milagrosamente empezó a ir de maravilla fue la relación con esa chica. Nació una gran amistad y un cariño especial entre nosotros, que hasta hoy perdura. Ella no vio en mí a un Lorca o a un Alberti, pero no hizo falta. En el amor, vale más la poesía que guarda la persona consigo en su interior, que los poemas cursis y ñoños escritos en la hoja sucia de un cuaderno. Por las experiencias vividas, es lo que pienso.
Así que si para San Valentín queréis seguir mi ejemplo, ya sabéis chicos: dejaros de poemas engañosos plasmados en un papel que se puede mojar, estropear o romper, y dadle a vuestra novia o a la niña que tanto os gusta la poesía más hermosa e irrompible que tenéis. Vuestro corazón.
De ese modo, llegareis lejos. Quizás, hasta las puertas de una iglesia.

1 comentario:

Dante dijo...

Buen consejo para los que inician el camino del amor. Es cierto, hermano. En el amor, vale más la poesía que guarda la persona consigo en su interior que la escrita en un cuaderno. Buen consejo, si señor. Un abrazo.